Umbrales chulones: teatro off y resistencias escénicas
Situados en los márgenes de la institucionalidad, El Umbral de Primavera y Chulona Mía se configuran como espacios teatrales críticos dentro del tejido cultural madrileño. La elección de estas dos salas independientes responde a la necesidad de trazar paralelismos entre proyectos que, a pesar de encontrarse en tiempos distintos, comparten un mismo espíritu de resistencia artística y un firme compromiso con la creación escénica.
El Umbral de Primavera, ubicado en Lavapiés, representa la consolidación y el prestigio con una trayectoria de 12 años. Su modelo de gestión ha sabido navegar entre la herencia del bar cultural y una apuesta técnica ambiciosa que lo ha convertido en un lugar fundamental para la creación contemporánea y el teatro iberoamericano, con una programación muy arriesgada y puntera.
Por otro lado, Chulona Mía emerge en Usera como un proyecto con menos de un año de andadura. Nace de una asociación sin ánimo de lucro y de un descontento generacional con las condiciones de la escena off tradicional, proponiendo un modelo basado en el cuidado de las compañías y la autosuficiencia a través del crowdfunding y las cuotas de socios.
Estas entrevistas son nuestro intento por interesarnos y documentar sus trayectorias, sus saberes y prácticas.
Teresa Ramos y Jorge Librero
Entrevista a El Umbral de Primavera
Teresa: ¿Cómo ha sido la evolución del modelo de gestión desde que empezasteis con Artebar La Latina? ¿Qué aspectos de aquel proyecto os sirvieron de cara a abrir El Umbral?
Viviana: Artebar fue el primer paso, un bar cultural que abrí en un momento crítico de mi carrera, tras atravesar dos grandes crisis económicas (el Corralito en Argentina en 2001 y la crisis de 2008-2012 en España). En ese contexto entendí que, ante las dificultades, uno debe ser capaz de darles la vuelta a las malas noticias y reinventarse.
Yo venía del teatro, habiendo formado parte de compañías importantes como Teatro de la Danza, pero decidí crear un espacio cultural que se sostuviera desde la gastronomía. Era un lugar donde convivían exposiciones, performances, conciertos y talleres, y donde la comida, natural y cuidada, formaba parte esencial de la experiencia. Además, incorporamos algo muy novedoso para la época, una presencia activa en Internet.
Fue ahí cuando Israel, mi socio, se sumó al proyecto, y donde empezamos a construir nuestro vínculo. Dos años después, en 2014, al inicio de la primavera (concretamente el 23 de marzo), decidimos dar un paso más y abrir El Umbral.
El Umbral nació de esa experiencia previa, pero con un enfoque más centrado en el teatro y con una apuesta técnica muy ambiciosa. Reformamos completamente el espacio: eliminamos el escenario fijo e instalamos una parrilla de luces que permitía un uso no convencional de la sala. Esa flexibilidad fue clave para atraer, desde el principio, a compañías y creadores muy potentes.
Jorge: Respecto a la financiación, ¿cuál es el peso de las ayudas públicas frente a vuestra propia recaudación?
Viviana: De la Comunidad de Madrid no recibimos ningún tipo de apoyo. Es una situación muy frustrante porque, después de 12 años de trayectoria, hemos llegado a obtener una puntuación de 1 sobre 10 en interés cultural. Y en esto quiero hacer especial hincapié.
Me sitúo fuera del concepto de “industria cultural” que promueve la administración. Defiendo, en cambio, un modelo de resistencia artística frente al puramente comercial.
Sí contamos con una ayuda anual del Ayuntamiento, pero existe preocupación ante nuevas normativas que podrían dejar de financiar espacios sin fines de lucro. El Umbral se sostiene gracias a la taquilla, los talleres y el Ambigú. Las donaciones a través de la web son anecdóticas, no podemos contar con ellas para planificar. De hecho, las implementamos después de la pandemia, que nos hizo mucho daño, y de la que todavía seguimos arrastrando esa fragilidad.
Teresa: Y siendo un equipo así tan pequeñito, ¿cómo os organizáis, cómo repartís el trabajo? ¿Hay un responsable por área?
Viviana: Básicamente, el grueso del trabajo lo levantamos entre Israel y yo. Yo estoy en la parte principal de lo que sería la programación de la sala. Pero hay una parte de la programación que lleva Israel, en el Ambigú, donde, además de gestionar el bar, organiza las exposiciones, presentaciones de libros, lecturas dramatizadas, y a veces incluso encuentros, charlas sobre temas LGTBI+... En cualquier caso, trabajamos en constante diálogo, siempre hay feedback y conexión entre ambos.
En cuanto a la parte más burocrática, nos repartimos las tareas. Yo llevo todo lo relacionado con las compañías y la gestión administrativa (impuestos, contratos, etc.), mientras que Israel se ocupa más de las ayudas y subvenciones.
Después está la atención al público, y para ello tenemos la dinámica, generalmente, de que yo hago la tarea más matutina y él es más noctámbulo. Además, Israel necesita trabajar en solitario y con mucha concentración, por lo que se encarga de la web.
Jorge: Ahora, saltando al aspecto de la programación: mencionabas tu vuelta de Argentina y el panorama allí. Me pregunto: ¿cuánto hay de ese modelo (quizá más propio de Argentina, con propuestas muy rompedoras) en tu manera de programar aquí? ¿Hasta qué punto te inspira o desarrollas tu propio camino?
Viviana: ¿Qué es lo que a mí me palpita? Muchas veces es algo muy intuitivo. A veces no conozco a las compañías, pero hay algo que veo que me despierta interés. Otras veces sí las conozco, y cuando me escriben es un subidón.
El Umbral es bastante conocido en Argentina, y me llegan muchas propuestas constantemente. Muchas de ellas están supeditadas a ayudas para poder viajar, y a veces logran cierta financiación, pero esto limita mucho. He tenido contacto con compañías que me interesaría que vinieran, pero sin financiación es muy duro para ellos, porque nosotros trabajamos a taquilla y los costes, principalmente de los pasajes, son inasumibles. Hasta hace año y medio o dos, más o menos, todavía existían ayudas que lo facilitaban, pero con el cambio político en Argentina, eso prácticamente ha desaparecido, y el esfuerzo que supone ahora es enorme.
También hay creadores que se mueven desde la dramaturgia que han trabajado allí, me escriben con una propuesta y terminan desarrollando aquí sus proyectos. Eso me interesa mucho, porque permite que surjan piezas desde este contexto y, al mismo tiempo, alivia muchísimo los costes para las compañías. Al final, hay un espíritu muy de “buscarse la vida”, de no parar, que también define lo que hacemos.
Teresa: Respecto al área de formación, ¿qué periodicidad tienen los cursos y qué impacto económico tienen para la sala?
Viviana: Trabajamos con un acuerdo con Carlos Tuñón (director de la compañía Los Números Imaginarios). Él abona una cantidad fija y establecemos unos márgenes que permitan cubrir la actividad formativa y el consumo de recursos técnicos (luces, materiales…) que requieren estos talleres, especialmente los de montaje.
Empezamos con un solo taller, ahora tenemos dos. El de actores, que se incluyó hace unos años, ha ido creciendo hasta convertirse en un programa integral de asesoría. No solo enseñamos interpretación, sino que acompañamos en todo el proceso de producción y comunicación. Mi socio Israel les ayuda a cuidar la imagen y el mensaje de sus proyectos: cómo contar lo que hacen. Para nosotros es una vía de gestión fundamental porque profesionaliza a las compañías, yo noto enseguida cuándo un proyecto está bien presentado al recibir el material. Ese ojo para la gestión es algo que les transmitimos porque es vital para que una propuesta artística tenga recorrido.
Jorge: Veo que manejáis diversas estrategias colaborativas, como con Carlos Tuñón o la red de teatros. Siendo un espacio alternativo, ¿cómo de importante es aliarse con otras salas y entender las dinámicas de lo pequeño para construir algo más grande?
Viviana: Formar parte de entidades como Macomad (la coordinadora madrileña de salas alternativas) es fundamental para configurar un discurso común sobre el teatro independiente. Tratamos de aliarnos, sobre todo, para tener fuerza frente a lo institucional. Creo que las salas independientes hemos marcado la línea del teatro en los últimos diez años y, sin embargo, ahora parece que nos quieren defenestrar.
Yo pienso que lo ideal sería que las instituciones se implicaran de forma real y asumieran su parte, pero existe una desconexión profunda. Cuando los representantes de la Comunidad de Madrid vienen a conocer nuestros espacios, nos hablan de “industrias culturales” con un discurso ya aprendido que no encaja con nuestra realidad. Si la gestión cultural estuviera atravesada exclusivamente por lo económico, proyectos como el nuestro no existirían. Estaríamos todavía viendo zarzuelas, sin oportunidad de innovación.
Teresa: Formáis parte de Lavapiés Barrio de Teatros y de la asociación de comerciantes. ¿Cómo se traduce esta unión a nivel material? ¿Hay estrategias de captación de públicos específicas para la gente del barrio o vuestro público es mayoritariamente de fuera?
Viviana: Yo fundé la red de teatros de Lavapiés en 2014 y llegamos a configurar un mapa del barrio, pero con el cierre de varias salas el proyecto original se diluyó. Sin embargo, se mantienen iniciativas importantes como los laboratorios y las actividades por el Día del Teatro, que incluyen pasacalles, circo e instalaciones performativas en la calle orientadas a los vecinos y jóvenes.
También participamos en la Semana del Teatro, donde articulamos esa vieja red para acoger espectáculos internacionales en nuestras salas. Hacemos actos en la plaza y la lectura del manifiesto del Día del Teatro, que refuerzan nuestra identidad. Aun así, a nivel de gestión de públicos, es un trabajo complejo, a pesar de estos esfuerzos, todavía hay gente del barrio que descubre el espacio por primera vez tras doce años. Son pequeñas acciones que nos definen, aunque no siempre tengan la repercusión que esperamos.
Jorge: Y a nivel de fidelización, ¿sientes que hay un público del entorno o es gente que viene de todo Madrid? ¿Qué percibes desde la sala?
Viviana: El público varía mucho según lo que hemos programado. Por ejemplo, con el teatro argentino atraemos a mucha comunidad argentina, pero también a público español. Es un espectador muy específico que se nutre del equipo de gente que mueve cada espectáculo. Aunque hay gente fidelizada, no siempre soy consciente de si repiten.
En cuanto a la captación, organizamos ruedas de prensa para los lanzamientos, pero lo que realmente me gusta es que manejamos públicos distintos. No todo lo que programamos es puramente experimental en lo artístico, también buscamos un equilibrio con proyectos de gran valor político sobre feminismo o temas LGTBIQ+. A veces priorizamos lo que se plantea socialmente sobre el valor específicamente artístico. Me interesa dar oportunidades basándome en la empatía con el creador y en la confianza actoral, más allá de que la propuesta sea “moderna” o ambiciosa.
Jorge: Por último, hemos generado una pregunta a raíz de debates que hemos tenido en clase sobre un tema que está bastante sobre la mesa ahora mismo. Después de haber visto lo ocurrido con el cierre de librerías como Tipos Infames, hay gente que lamenta su pérdida, pero hay otra parte que manifiesta que esas mismas librerías fueron agentes de gentrificación. Entonces, queríamos preguntarte cómo te posicionas en el debate de los espacios culturales como agente gentrificador. En un barrio tan tensionado como Lavapiés, con sus luchas migrantes y la violencia policial, ¿cómo se integra El Umbral en todo esto?
Viviana: Yo con Lavapiés tengo una especie de amor-odio. Es difícil porque sientes cómo se degrada el barrio. Como os conté, a principios del 2000 fue toda la especulación y el barrio estaba hecho mierda.
Aquí lo bueno que no se ha perdido y creo que ha crecido son las asociaciones, aunque creo que se necesitaría una estructura política más fuerte para intervenir realmente en la integración social. Para mí, la asociación de vecinos fue un referente fundamental desde mis inicios con el bar cultural. Sin embargo, no estamos con gobiernos muy afines, se estigmatiza al extranjero de una manera horrible y uno llega a sentirse culpable de no poder hacer algo.
Es triste ver cómo expulsan a los vecinos, esa lucha es visible en la gente mayor, en los carteles y en las manifestaciones, mientras los locales y bares ya no son los que eran. Pero, para no quedarnos con lo triste, Lavapiés sigue siendo para mí un referente. Me reconcilia ver cómo, pese a todo, fue un lugar que me acogió desde el principio y que ha sabido seguir creciendo en otras cosas.
Jorge: Sí, es como que lo asociativo intenta cubrir un poco lo que lo estructural no cubre, desde luego. Es verdad que peligra todo, porque cada vez lo asociativo cuesta más frente a ese espíritu individualista. Pero bueno, ahí está la pelea, yo creo.
Viviana: Ahí está la pelea. Que se haya perdido la red de teatros fue una pena porque realmente habría tenido mucha más fuerza. No se trata solo de la identidad del barrio o de las asociaciones, sino de defender un lugar con un contraste brutal, lleno de espacios, de exposiciones, librerías, talleres artesanos... Prefiero este entorno a un modelo de barrio más pijo, por decirlo de alguna manera, que puede ser más estético, pero carece de esa sensación de comunidad donde saludas a la vecina y os conocéis.
Entrevista a Chulona Mía
Teresa: Primero que todo, ¿cómo surge Chulona Mía?
Raquel: Chulona mía surge de una asociación sin ánimo de lucro, La Clavelada, cuyo primer proyecto es el espacio teatral. Y nace de un descontento generalizado que hemos vivido muchos actores: la inversión en tiempos largos de ensayo y de creación para luego llegar a una sala off y quedarte solo con un 50% de la recaudación. Nació de preguntarnos si existía la opción de crear un espacio en el que no hubiera prisa por montar y desmontar, y pudiéndose llevar la producción más del 50% de la taquilla.
Jorge: Veo que habéis usado Goteo para la financiación inicial, que además es un modelo que ha salido en un libro que hemos estudiado en el máster.
Raquel: Sí, lo bueno que tiene Goteo, que por eso la elegimos, es que es una plataforma de crowdfunding que funciona aparentemente normal y corriente, pero toda la gente que invierte en ella recupera, si han hecho una inversión de hasta 250 euros, el 80 por ciento. Estaba esa cosa de que todo lo que se metiera, gran parte se iba a devolver. Entonces era un incentivo muy tocho, sobre todo a la hora de cumplir nuestro objetivo, que eran cinco mil euros.
Teresa: ¿Y con Goteo se cubrieron esos 5.000 euros de inversión inicial?
Raquel: Sí, el mínimo eran 3.500. El óptimo fue 5.500, y luego hicimos 5.600 o algo así. O sea que sí, sí, llegamos al objetivo.
Jorge: Luego tenéis un formato en el que te puedes hacer socio del espacio.
Raquel: Sí, luego tenemos diferentes cuotas. Te puedes suscribir a la asociación y hay diferentes cuotas dependiendo de lo que quieras pagar: tres rangos de precio que dan acceso a diferentes niveles de ventajas. Y la verdad es que está funcionando bastante bien, para nosotros es un sustento tocho porque sabemos que es un dinero mensual con el que contamos.
Teresa: ¿Habéis programado talleres u otro tipo de actividades más allá de lo estrictamente escénico?
Raquel: Sí, también tenemos talleres. Actualmente tenemos un taller de teatro como más amateur, más de impro, hay un taller de Butoh, y tenemos talleres de canto los miércoles por la mañana… Y luego los sábados por la mañana tenemos otro taller, y ahora estamos intentando poner otro nuevo los lunes por la tarde. Vamos intentando llenar los huequitos que tenemos. De momento, solo para adultos, aunque tenemos intención de sacar cosas para niños, porque nos apetece mucho explorar un poco todo ese mundo.
Jorge: Y sobre el tema de ayudas públicas y subvenciones, ¿habéis optado a alguna siendo tan jóvenes?
Raquel: Ya hemos rellenado dos subvenciones. ¿Nos las considerarán? Pues la verdad es que no lo sé. El problema que tenemos nosotros ahora mismo es que el proyecto es muy joven. Y la mayoría de las subvenciones piden uno o dos años de vida, porque necesitas demostrar que vas en serio y que no te has abierto una sala porque sí. Pero bueno, eran de estas como un poco abiertas, que son para proyectos culturales en general, no era para salas de teatro exclusivamente. Un poco como para proyectos que tengan que ver con lo cultural. A ver si tenemos suerte.
Jorge: El tiempo dirá.
Teresa: De momento, autosuficiencia.
Raquel: De momento, completa autosuficiencia. Afortunadamente, la sala se mantiene sola. A costa de que no haya salarios, todo el trabajo que estamos realizando es gratuito. Que, de momento, no nos pesa. Pero bueno, entiendo que el tiempo pasará y tendremos que ir viendo qué pasa si hay que cargar con todas las tareas de gratis, si no conseguimos ningún dinero externo. La diversión y las ganas varían dependiendo del momento. Pero bueno, de momento la sala tira, o sea que con eso estoy súper contenta, y además con las compañías ganando dinero y satisfechas, que era el objetivo.
Teresa: Nos has comentado que el equipo lo forman cinco socios. ¿Cómo os repartís el trabajo?
Raquel: Yo me he mantenido un poco en una cosa de coordinación. Me encargo un poco de una visión general, de que esté todo hecho, ver qué falta... Luego está mi socio Manu, que se encarga más de la parte económica, de facturas, de contratos y de toda esta parte. María está en la parte de comunicación, de cartelería, de las obras y tal. Matis se encarga de la programación, de recibir las propuestas y de decidir un poco qué espectáculos programamos. Y por último Irene, que realmente es la que está más focalizada en el tema de subvenciones: es la que se encarga de revisar las subvenciones que van saliendo y las que no, y de decirnos la documentación que tenemos que preparar, las fechas límite…
Jorge: Las exhibiciones son cortas, de fin de semana. ¿Cuántos espectáculos pasan al mes?
Raquel: Si cada mes tiene cuatro fines de semana, tenemos tres con obras de teatro, o propuestas más relacionadas con una apuesta escénica compleja o semicompleja, de teatro o musical; y un fin de semana lo dejamos para conciertos. Entonces es un poco así como lo tenemos estructurado para poder ofrecer un poco más de variedad también, sobre todo para la gente que viene más asiduamente, que no solo vengan a ver teatro, sino que se puedan permitir ver un concierto de un chaval de aquí del barrio, por ejemplo.
Teresa: O sea que estáis en la línea de centraros y no diversificar demasiado.
Raquel: O sea, conocemos la ventaja de diversificar, porque cuantas más cosas metas, se genera más dinero y público. Pero no queremos eso, sino cuidar a las compañías, que fue nuestra apuesta. Porque el teatro off, no por serlo, tiene que tener esta sensación cutre. Yo creo que el conjugar una pieza que está cuidada de un buen equipo técnico hace que la propuesta suba de nivel. Y por eso preferimos centrarnos en menos montajes, pero cuidados.
Teresa: Y lo que comentabas en relación con el público, que ya hemos visto que suelen ser familiares o amigos, ¿viene gente del barrio de Usera a ver las obras?
Raquel: Somos conscientes de que es de las cosas más difíciles. También porque jugamos con la multiculturalidad del barrio, con todo lo bueno que eso tiene y con todo lo complicado que a veces es acceder a determinados grupos. Además, como nos hemos centrado mucho en que la gente que viene aquí a actuar esté cómoda, hay algo de que no nos ha dado ni el tiempo ni la energía para estar en todos los focos en los que nos gustaría. También creo que no lo estamos abordando por desconocimiento. Me siento un poco más tímida de decir: “a ver cómo se hace esto”, no quiero hacer ninguna tontería. Me parece importante y al final lo estamos dejando un poco pasar, lamentablemente. Pero vamos, nos encantaría.
Jorge: Y que cuando el proyecto es más nuevo y un poco más frágil, es más complicado atender a esas cosas, pero cuando ya está un poco más rodado, te da para pensar en ellas.
Raquel: Claro, claro. Por ejemplo, cuando estamos en la oficina y no hay función, tenemos la puerta cerrada, pero a veces estamos abajo y abrimos la puerta del garaje. Y es que es cuestión de cinco minutos que pase alguien. Entonces, un sábado por la mañana estuve en la entrada porque había un taller dentro, ya la dejar la puerta abierta la gente entra y te dice: “¿qué es esto? Ay, es un teatro”, y te dicen: “vivo a dos portales” y yo pienso que es tremendo que vivan al lado, llevemos desde octubre y no sepan que existimos. Es ingenuo pensar que por hablar con la gente van a venir. No, no vienen, porque es algo que se tarda en construir también, esa confianza. Tenemos esas dudas.
Jorge: Y ya como pregunta de cierre, pienso en el tema de las librerías y espacios culturales que están cerrando, y hay gente que llora esa pérdida, pero hay otro lado que sostiene que también supusieron una oleada gentrificadora en sí misma. Esto lo hablamos en el máster sobre el Museo Reina Sofía, sobre cómo se integra en Lavapiés, qué implica en el tejido del barrio, la vivienda... Me gustaría saber cómo os posicionáis en Chulona Mía en torno a estas cuestiones del barrio, sobre la accesibilidad a la cultura, la vivienda… Por ejemplo, con el tema alquileres, ¿cómo encontrasteis el espacio o con qué criterio buscabais?
Raquel: El espacio lo encontramos buscando alquileres baratos y salió esta nave. Vimos varias aquí por el barrio. No todas estaban tan baratas como esta. O sea, esta ha sido un chollo, aunque hemos tenido que meter una reforma muy loca porque era literalmente una nave. En ese sentido, la elección vino un poco determinada por el precio. Sí que en ningún momento buscamos rollo Malasaña o Lavapiés. También yo creo que por conocer los precios y saber que tampoco tenía mucho sentido intentar buscar algo que no íbamos a encontrar. Pues el ir a un alquiler razonable por un espacio que vas a utilizar y listo.
Y luego, yendo al tema de la gentrificación en concreto, pues a mí era algo que me preocupaba mucho, concretamente con el abrir una sala de teatro, el tipo de concepto de teatro “off”. El tipo de gente que mueve… Y es algo que me sigue conflictuando. Veo una cosa un poco superficial, poco profunda, un poco esta cosa de lo experiencial. Entonces, mi intención es que el punto desde el que crear ni sea ese ni vaya hacia ahí. Intentar hacer las cosas un poco normales, con un poco de conciencia y que no todo esté metido en una especie de nube de lo que gusta ver, o de lo bonito, o de lo guay o lo que vende. La verdad es que a mí me gustaría ver a mucha gente del barrio. Sé que es mucho más difícil que vengan esas personas, pero a mí me hace más feliz. Y aun así somos conscientes de que, por mucho que nuestra idea sea X, esto de algún modo sí que favorece a una gentrificación. Creo que es un poco inevitable. O sea, tengo cierta contradicción, pero por esta cosa de que al final los traemos aquí.
Teresa: Pero no has abierto un Starbucks, ¿sabes?
Raquel: Obviamente los agentes gentrificadores tochos son los que son, ¿sabes? Pero está bien tener esa conciencia y esa tensión interna. Y luego esto de que ya veremos qué se hace con el barrio, hacia afuera, cuando de repente estemos un poco más tranquilas y un poco más rodadas. Pero sí, o sea, el proyecto tiene conciencia social y del entorno. Es que además yo soy de Lavapiés y ya no puedo vivir ahí. Mis padres se han tenido que ir y da mucha pena, ¿sabes? O sea, sí que tengo muy dentro esta cosa de que sé que no voy a poder vivir en mi barrio, ni voy a poder hacer mi vida allí. Pero es verdad que en concreto Usera tiene otros factores. Está Chinatown, una cosa en la que se está invirtiendo mucha pasta desde el Ayuntamiento para que también haya un poco de circo aquí.
Jorge: Eso te iba a decir, que ahora con el arco de Okuda y el proyecto de Chinatown, todo el polo de gentrificación va a ir hacia allí.
Raquel: Sí, sí. El finde pasado es que fue… (refiriéndose al Año Nuevo Lunar). Yo es que ni salí porque estaba trabajando aquí dentro, entonces casi ni me enteré de lo que pasaba fuera. Pero entró un colega que tenemos de aquí, que es vecino, que vive ahí en el Cristo de la Victoria, y nos dijo: "No sabéis cómo está la calle". No se podía andar en el parque.
Jorge: Es que parece que cómo nos relacionamos con la cultura, con los eventos, con lo festivo… ha cambiado completamente.
Raquel: Sí, claro, claro. Yo creo que todo el rato está la cosa de poder decir que estuve ahí. Que en verdad, que por qué no, ¿por qué no ir? Pero claro, de repente, ahora que nosotros estamos pasando mucho tiempo en toda esta zona, cuando pasan esas cosas, te quedas un poco cuadrado. Pero sí que nuestra intención es ser “normales”, no sé. No pasar desapercibidos, porque queremos que la gente venga aquí. Pero con la cosa de que se van a hacer cosas guays. No quiero que se desaproveche la oportunidad de poder vivir una cosa bonita aquí, o de compartir algo con tus amigas. Que venga la gente a disfrutar y que se creen lugares, comunidad.
Jorge: Sí, pero esto de ser normal me parece una pretensión bonita, la verdad. Con todo lo que se tiende ahora hacia lo excesivo y la grandilocuencia.
Raquel: Sí, sí, un objetivo real. Ser un sitio donde a la gente le apetezca estar, la verdad.
Jorge: Que bastante es.
Raquel: Sí. Y es verdad que estas amigas están ayudando un montón. Pero también somos muy conscientes de que acabamos de empezar y el hype bajará. O sea, todas estas cosas las tenemos que tener en cuenta. Ahora las amigas están viniendo, pero dejarán de venir. Y no pasa nada, esto va a dejar de ser una novedad. En algún momento, con suerte, cumpliremos dos, tres años… Entonces será algo a lo que, si la gente quiere seguir viniendo, seguirá viniendo. Y si por lo que sea no conecta tanto con su forma de vivir o con las cosas que le gusta hacer, pues dejarán de venir también, pero bueno. Pues ahí, viviéndolo. Estamos aquí, transitando este arranque.
Vistas las dos entrevistas, podemos apreciar que, mientras Chulona está en la fase de ilusión inicial y autosuficiencia por crowdfunding, El Umbral muestra el cansancio sistémico de un proyecto consolidado que, tras 12 años, siente el abandono de las instituciones. Desde lo técnico, la apuesta de El Umbral por la flexibilidad y competencia artística les ha permitido fidelizar a una élite del teatro independiente. Esto demuestra que la inversión en infraestructura es una estrategia de gestión a largo plazo. Chulona mía también ha apostado por esa gestión y programación personalizada, huyendo de un proyecto más extensivo y apostando por el cuidado de las compañías y la adaptación de sus proyectos en la sala.
Ambas salas reconocen el conflicto de la gentrificación. Si Viviana lo vive como una degradación del barrio, Raquel lo ve como una tensión inevitable que busca combatir con precios normales y huyendo de la estética moderna superficial, y conectando con un barrio al que siente que todavía está llegando, tras toda la gestión inicial de arranque. Ambas coinciden en abogar por un proyecto genuino, en el que se cree artística y políticamente, frente a las expresiones más complacientes y estéticamente homogéneas.
Cerramos con estas reflexiones, viendo en uno y otro espacio consideraciones muy valiosas, desde la experiencia y la novedad. En el transcurso de editar estos testimonios, El Umbral anunció el 28 de marzo su próximo cierre en 2027, con un humor y una entereza que resultan conmovedores. Si unas semanas antes Viviana comentaba el desgaste, el peso de lo económico, finalmente materializaron en una decisión de cierre. Se hace más pertinente que nunca entender los relatos, recoger las experiencias de espacios que han sostenido cultura e innovación desde la actividad diaria, desde lo humano, la gestión precaria y lo artístico.
Desde el apoyo ciudadano, optando por propuestas pequeñas tanto como las oficiales que se programan en el CDN, podremos sostener proyectos que dan vida a la ciudad y al barrio, conscientes de sus tensiones y problemáticas. Y si los proyectos terminan, hacerlo con la conciencia tranquila. En palabras de Viviana e Israel, sacadas del anuncio del cierre publicado en Instagram: “antes de llorarnos encima por lo vivido, disfrutemos de los momentos que nos quedan”.
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