Marcablanca, la biblioteca comunitaria que se rebela contra las lógicas de consumo
A su regreso a Madrid tras diez años en México, Blanca Sotos impulsa Marcablanca, un espacio híbrido entre biblioteca, archivo y un taller de experimentación dedicado a la investigación artística que se articula en torno a varias convocatorias. Un lugar ubicado en el barrio Usera de Madrid que propicia algo que hoy se nos hace cada vez más esquivo: el encuentro entre las personas.
Por Consuelo Olguín Aguilera
En un barrio atravesado por transformaciones urbanas y tensiones de gentrificación, Marcablanca funciona desde hace casi una década como un espacio difícil de clasificar: no es exactamente una biblioteca ni un archivo ni un centro cultural. Es, más bien, una práctica cotidiana de acceso libre al conocimiento mediante publicaciones relacionadas a las artes y a la cultura visual. “Por primera vez tenía todos mis libros en un mismo lugar. Podía guardarlos en una casa o abrirlos a la gente. Elegí lo segundo”, plantea en esta entrevista Blanca Sotos, gestora del espacio.
—¿Cómo surge la idea de Marcablanca?
—A mi regreso a España, después de diez años en México, fue la primera vez que tuve todos mis libros en un mismo espacio. Siempre habían estado dispersos, en distintas ciudades y países. De pronto, tenía la posibilidad de decidir: o guardarlos en cajas dentro de una casa privada, o abrirlos a un espacio con intención pública, aunque fuera de gestión privada. Y elegí esto último.
—¿Ese fue el inicio de la biblioteca como proyecto comunitario?
—En realidad, yo ya tenía una biblioteca desde hacía muchos años. Pero Marcablanca, con ese carácter público o comunitario, sí, empieza en ese momento.
—¿Cómo se gestiona ese paso hacia lo comunitario?
—Cuando regresé a Madrid, busqué un local y encontré uno en la calle Peñuelas, en Arganzuela, cerca de Embajadores. Estuve allí cinco años. Era el espacio más barato que podía permitirme, pero invertí bastante dinero en reformarlo, porque también funcionaba como residencia para artistas internacionales. Después de la pandemia, no me renovaron el contrato y tuve que mudarme. En el espacio actual llevo unos tres años y he firmado por diez. En total, el proyecto tiene ya casi nueve años.
—¿Cómo se construye una comunidad alrededor de un espacio así?
—Es complejo, porque en España la cultura no es especialmente comunitaria. Yo venía de trabajar con comunidades indígenas en México, donde lo comunitario es central. También había conocido espacios independientes con prácticas similares. Pero no fue algo planificado teóricamente. Las comunidades se construyen haciendo. Yo abro todos los días desde hace años y eso genera vínculos. Por ejemplo, en el primer local había un colegio al lado, y los niños empezaron a apropiarse del espacio. Yo no tengo hijos, pero el lugar se llenó de infancias. Eso no lo diseñé, ocurrió.
—¿Cómo definirías entonces Marcablanca?
—Más que independiente, diría que es un espacio autogestionado y comunitario. Aunque tampoco es solo una biblioteca: es una colección que incluye archivo, publicaciones, objetos, piezas sonoras y audiovisuales. Es un espacio libre, abierto y gratuito. No hay carné ni control de acceso. Puede entrar cualquiera, tenga papeles o no. No es una institución, y tampoco pretende serlo. Cada tipo de espacio tiene su lógica: un museo nacional no es lo mismo que una biblioteca comunitaria o una casa okupa.
—Has dicho alguna vez que lo de “independiente” es relativo…
—Claro, porque somos muy dependientes: de pagar una renta, de tener otros trabajos. Yo no soy propietaria ni tengo una cesión pública. Hablar de dinero y de burocracia es importante, aunque muchas veces se evite.
—¿Cómo se relaciona el barrio con el espacio?
—En Arganzuela había mucha concentración de proyectos culturales: librerías, espacios políticos, centros sociales. Pero el perfil del barrio no siempre coincidía con lo que yo hacía. Mudarse a Usera tuvo más sentido, aunque también esté atravesado por procesos de gentrificación. Aquí, por ejemplo, hay una lavandería al lado, y la gente entra a esperar, se sienta, toma café —que no se cobra— y mira libros. Es un espacio de convivencia, no de consumo.
—¿Qué tipo de libros conforman la colección?
—No selecciono solo por editoriales o por “alta cultura”. Me interesan los modos de encuadernación, de impresión, los traductores, las circulaciones. Hay muchos materiales de Latinoamérica que no se encuentran en España, ediciones pequeñas, fanzines, libros de artista. No estoy a favor de la segmentación: leo cosas muy distintas, de épocas y contextos diferentes.
—¿Cómo interactúan las personas con los libros?
—De muchas formas. Hay vecinos que piden una escalera para alcanzar libros altos, niños que vienen porque vieron algo en el colegio, investigadores que buscan materiales específicos. Los libros son de consulta en sala. Es un espacio bastante abierto, no rígido.
—¿Qué lugar ocupa el libro como objeto dentro del proyecto?
—No me interesa tanto el libro como objeto, sino como soporte. Me interesa más la incidencia política de las publicaciones. También cuestiono la sacralización del libro: hay libros muy caros, producidos en condiciones específicas, dirigidos a públicos muy concretos. Mientras tanto, la gente gasta en otras cosas sin problema, pero no en libros. Me interesan más los oficios detrás del libro, porque transforman a quienes los practican.
—¿Cómo proyectas el futuro de la biblioteca?
—Siempre digo que mi proyecto es un proyecto de reproducción no sexual, que es un proyecto feminista. No me interesa ser sostenible. Esa es una preocupación para las empresas como Coca-Cola y yo no soy ni una empresa ni soy Coca-Cola. Cuando me canse, entonces dejaré de hacerlo. Lo que estoy haciendo es un proceso de publicitación que es de hacer público lo privado, que cuando a mí me invitan a la feria del libro la Junta Municipal del Distrito llevo los mismos libros que llevo para Art Libris en ARCO. Me interesa que la gente pueda ver las mismas cosas en sitios completamente dispares.
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